El amor es algo que no se puede definir, aunque se intenta hacerlo con palabras, con dibujos o con notas musicales. El amor principalmente se vive, se siente, se es. Se ama o no se ama, se entrega uno a alguien incondicionalmente o no se entrega. No hay término medio, puedes amar de verdad o no amar, pero no se puede amar a medias. La muerte es muy similar, o te mueres y dejas de estar vivo o no te mueres, aunque estés moribundo, vives. Vivir mal o mal vivir es vivir sin esperanza, sin salud o sin ganas, pero todavía es vivir.  Y lo mismo ocurre con la meditación, para meditar debemos estar en el momento presente, debemos estar atentos aquí y ahora, debemos observar que hace nuestra mente ahora, no lo que hacía ayer, porque entonces pensamos y no observamos, u observar el peso de nuestro cuerpo ahora, y no mañana, u observar qué sentimos en este mismo momento. Si la observación ocurre sobre un hecho pasado no hay observación ni meditación si no recuerdo, y si es sobre un hecho futuro es planificación o preocupación que de nuevo no es meditación si no trasladarnos desde el plano mental a los dos lugares desde donde nuestra mente trabaja con comodidad: ayer y mañana.

Es importante comprender estos conceptos porque si bien muchas personas deciden no meditar, y es muy difícil vivir dignamente sin amar, es imposible evitar la muerte.

De hecho, conocer la muerte, da valor a la vida, experimentar el amor nos hace que la vida merezca la pena, y aprender a meditar, hace que vivamos una vida serena y en paz. Es por ello, que aprender a comprender que todas comparten un eje principal a través del cual se manifiestan es sumamente útil. Cuanto más aprendamos a vivir en el presente, mejor vamos a meditar, y cuanto mejor sepamos meditar más nos liberaremos del ego y más fácil nos será amar, y cuanto mejor sepamos amar, más fácil nos va a ser hacer el tránsito de morir.

Solo hay una vida que merece ser vivida y es aquella con amor, porque a pesar de nuestra raza, sexo, piel, idioma, cultura, religión o estatus económico, todos necesitamos ser amados. Incluso, me atrevería a decir que lo único que necesitamos es amarnos a nosotros mismos, porque si lo hacemos bien, incondicionalmente, sin enjuiciarnos, sin identificarnos con nada, y sin etiquetarnos con algo fijo, seremos capaces de no enjuiciar al otro, de no criticarle, de no etiquetarle, de aceptarle como es. Ya que finalmente el amor no es más que aceptar todo lo que el otro (o uno mismo) es con sus luces y sus sombras, no juzgarle y no identificarle con nada si no comprender que el ser humano es una consciencia en evolución continúa, si conseguimos hacer eso dentro, lo podremos hacer fuera.

Meditar ayuda enormemente a desidentificarnos de nuestra voz mental, esa que es frecuentemente dominante y que sin duda nos convence de que ella somos nosotros. Meditar ayuda a crear ese espacio, ese lugar donde podemos desde el silencio hacer florecer esa energía tan maravillosa que está permanentemente ahí, y que no es más que paz, armonía y amor en estado potencial dispuesto a materializarse.

Meditar por lo tanto nos ayuda a amar, nos ayuda a conocernos, a aceptarnos e incluso a reírnos de esa diminuta voz mental que se cree grande en comparación con nosotros. Cuando nos conocemos, inevitablemente nos amamos, nos respetamos, nos escuchamos, nos damos tiempo, no nos forzamos a hacer cosas que no nos hacen felices, no nos empeñamos en estar con personas que no nos llenan de alegría el alma, no nos pasamos el día triste, no dejamos pasar una oportunidad para mirar las nubes con una sonrisa y para sentir la vida misma. Cuando uno se ama de verdad, conoce que uno no existe en soledad, que todos somos ese Uno grande, que todos estamos unidos ineludiblemente a la naturaleza que nos sostiene y a las personas que nos rodean. Entonces, naturalmente empezamos a amar a los demás, a ver sus habilidades, sus talentos y no sus defectos, su capacidad de amar, de crear, de inventar, de solucionar cosas que nosotros no podemos, de bailar como nosotros no podemos, de cocinar, de pasear y de ayudar a los demás. Entonces nuestro amor que nace desde el centro mismo de nuestro ombligo empieza a estar conectado con todo y con todos, y entonces nuestro ego se disuelve, y cuando esto ocurre, de verdad, no hay muerte, solo tránsito y transformación, el amor se eleva, y morir es fácil.