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Un buen día la socióloga Roberta Paltrinieri dejó de mirar vidrieras. Repasó sus hábitos de consumo y no volvió a comprarse ropa, entre otras costumbres que abandonó. “Fue un viaje al interior de lo que sucedía en la crisis de la sociedad de la abundancia que me llevó a mí y a quienes me rodean a tomar conciencia”, dice Paltrinieri, doctora en Sociología y profesora de Sociología del consumo en la Universidad de Bologna, la más antigua del mundo occidental. Fue así como se propuso orientar su vida y la de su familia hacia una felicidad responsable, término con el que bautizó a su último libro. “Mi materia de estudio surge de mi autorreflexión sobre mi comportamiento cotidiano y el de mi familia -se sincera-. Y decidimos iniciar, como pequeño núcleo, una búsqueda de comportamientos de consumo sostenible.” Sus hijos -de 8 y 12 años- crecen sabiendo que no deben derrochar agua, que la basura se debe separar según su materia prima -orgánica, papel, plástico, vidrio- y que el trueque con otras familias es divertido, sustentable y sienta bien. “Mi vida no se ha empobrecido. Como docente empleada pública, es cierto que tengo mi sueldo congelado desde hace tres años, pero también cuento con la seguridad de que mes a mes recibo mi paga. Admito que no he sentido la crisis que veo a mi alrededor, pero esto no implica que en mí no se hayan activado modos de investigación para dar con formas más virtuosas de consumo”, dice la socióloga que también dirige el Centro de Estudios Avanzados sobre el Consumo y la Comunicación del Alma Mater Studiorum de la Universidad de Bologna y es parte de la Research Network Sociology of Consumption. Y allí fue Paltrinieri detrás de la felicidad responsable que, según ella, “es un modo distinto de pensar el bienestar individual y colectivo. Es la superación de un modelo cultural que hizo del ‘Consumo, luego existo’ el leitmotiv de los últimos treinta años, a favor de un modelo cultural que valorice las relaciones antes que los símbolos de status”.

¿Dónde busca la sociedad de hoy la felicidad?

Desde el punto de vista aristotélico, el concepto de felicidad se refiere a la obtención del placer a través de una acción. Sobre la base de esta dimensión aristotélica se ha ido construyendo la sociedad de consumo. En este sistema, a través de los objetos de consumo, los hombres deberían obtener aquel placer que, de algún modo, se presupone para una cierta felicidad. La sociedad del consumo como nosotros la conocimos en Europa, desde la posguerra, es decir desde los años ‘50 hasta los inicios de esta crisis en 2008, prometió la obtención del placer basándose paradojalmente en mecanismos que producen constantemente infelicidad. Desear comprar ha sido un imperativo para la sociedad de consumo europea. Consumir y desear seguir haciéndolo por más que se posean ya muchos bienes. El problema no es la posesión de bienes sino la insaciabilidad: una promesa constante de algo que se debe desear y que una vez obtenido no da satisfacción y por eso reenvía a la necesidad constante de continuar en este accionar. De aquí nacen los procesos de consumo compulsivo. La sociedad europea y la norteamericana son sociedades enfermas desde el punto de vista de la compulsividad, porque a través de este acto se intenta calmar un ansia que está dentro nuestro y que es el estado existencial de la subjetividad en una sociedad que progresivamente ha hecho desaparecer otras formas del placer.

Con este diagnóstico, ¿hoy es posible ser feliz?

Es necesario superar la dimensión instrumental del bienestar individual para estimular un nuevo modelo que ponga en el centro el bienestar colectivo entendido como relación que desarrolla confianza, reciprocidad. Las sociedades felices son las que producen relaciones, vínculos. Las infelices son las que en el lugar de las relaciones venden productos. En síntesis: la gente feliz genera vínculos; los infelices compran compulsivamente.

Usted ha señalado que la felicidad y el bienestar no han sido medidos adecuadamente

El primer texto que intenta superar la idea del PBI como único indicador del bienestar es el estudio que el ex presidente francés Nicolás Sarkozy encargó en 2008 al economista Joseph Stiglitz, donde se utiliza una serie de indicadores que arrojan luz sobre cómo medir el bienestar. A partir de esto, en Italia hemos desarrollado el índice de Bienestar Equitativo Sostenible -Benessere Equo e Sostenibile (BES)-. Es interesante porque hace foco en el bien relacional. De algún modo dice que la tutela del ambiente y las relaciones son fundamentales para medir el bienestar. Un elemento fundamental que está en la base de este nuevo modelo que estoy intentando promover de la felicidad responsable es la dimensión de la participación. Personas que participan en términos activos dentro de la propia comunidad son personas más felices.

¿Cómo se hace para hablar de bienestar colectivo en una sociedad de tanta desigualdad

El modelo económico al cual nos ha habituado la sociedad de consumo es un modelo en el que lo determinante es el bienestar individual medido económicamente. El verdadero problema es que se debe correr el bienestar individual al bienestar colectivo. De hecho, las personas no viven solas, aisladas. Pero la verdadera posibilidad de producir bienestar colectivo nace de la posibilidad de producir bienes relacionales. Una cosa importante en el interior de una comunidad para desarrollar el bienestar no es tanto el dinero cuanto una buena cualidad de las relaciones humanas. El bienestar colectivo debe ser producido a través de las relaciones humanas cualitativamente buenas. Bienes relacionales producen confianza, intercambio, reciprocidad. Las relaciones se vuelven importantes también en términos de desigualdad: si yo produzco relaciones dentro de un sistema, produzco formas de solidaridad y la forma de solidaridad produce cohesión social. Donde existe la desigualdad se pueden activar estos mecanismos de la solidaridad. Si produzco individualismo, no produzco cohesión social.

Da la sensación de que en la sociedad actual sólo participan activamente los que tienen tiempo o los que abrazan una causa y militan a favor de ella. ¿Cómo se crea esta conciencia de responsabilidad compartida en el ciudadano medio?

En Italia no estamos en una fase ascendente de la democracia sino decreciente. Crisis de gobernabilidad, altos niveles de desconfianza, temas que tal vez le resulten familiares a usted … Por eso es necesario crear un nuevo pacto de confianza. Y la responsabilidad social compartida como respuesta a la crisis nos compete a todos. Tenemos que dar el salto hacia una teoría colectiva de las relaciones. Buscar cómo podemos responder a la crisis a través de nuestras capacidades específicas.

¿Cuál es hoy la principal característica del comportamiento social?

Hoy es difícil hablar de una teoría del accionar colectivo porque de hecho vivimos en una sociedad donde los procesos de socialización retrocedieron en su capacidad de orientar las relaciones. Hoy más que nunca, en esto veo también el reflejo del paradigma económico neoliberal dominante, hablamos de sujetos individualizados. De hecho, el hombre está cada vez más solo y debe responder a los desafíos de una sociedad global. Hemos perdido los valores normativos que nos orientaban. Es como si el individuo tuviera constantemente que reflexionar sobre las propias acciones. Disminuyó la mediación de la estructura. En el pensar, el comportamiento social ha retrocedido. Esto quiere decir que no hay más un cuadro normativo de referencia sino que hay que proceder por autorreflexión. Se trata de una constante necesidad de encontrar dentro de sí las fuerzas, las capacidades para responder a la emergencia o a la urgencia que el ámbito social le impone.

En usted la crisis fue una ocasión para repensar su comportamiento como consumidora. La idea de crisis como oportunidad, ¿se puede aplicar a todas las clases sociales?

Es claro que desde un punto de vista sistémico esto puede ser una oportunidad para las clases medias y altas de reflexión para repensar el propio comportamiento. Por una cuestión de insostenibilidad, es preciso pensar en un nuevo modelo para la sociedad de consumo tal como la conocemos hasta ahora. Es claro que no tienen la misma posibilidad los sectores medio y bajo que hoy están experimentando un gran desgaste. La crisis como oportunidad también nos enfrenta al problema de la desigualdad. En Italia, como seguramente también sucede en Argentina, lo que está sucediendo respecto del pasado es que estamos viendo que los mecanismos del ascenso social ligados, por ejemplo, a la instrucción, no funcionan más. Mientras en el pasado era normal que el hijo del campesino o del obrero se convirtiera en médico, hoy ese ascensor social ya no existe. Estamos asistiendo a una autorreproducción de las castas y ya no hay mecanismo de movilidad ascendente entre generaciones. Es lo ineludible de un destino: los hijos de las clases bajas no tendrán posibilidad de superar su propio status. Las nuevas generaciones están experimentando condiciones de vida peores que las de sus padres.

¿Esto es válido para ricos y pobres?

Sí. El elemento central en este proceso de pobreza es que los hijos de las clases sociales medias-altas, los hijos de la burguesía, también experimentan condiciones de vida peores que las de sus padres. Yo estoy segura de que, si mis hijos no se van al exterior y se quedan en Italia, no tendrán la condición de vida ni las oportunidades que he tenido yo.

Desde la mirada argentina, es como si Europa, aquel Primer Mundo de nuestro imaginario, estuviera descubriendo algo que nosotros, lamentablemente, ya conocemos en carne propia en materia de crisis.

En realidad lo que muchos países latinoamericanos, Argentina en primer lugar, han experimentado como técnicas de supervivencia en un mundo globalizado -siempre a favor de un Primer Mundo que como consecuencia de este intercambio desigual venía favorecido-, hoy se convirtieron en las técnicas que estamos observando para responder a nuestra propia crisis. Los argentinos nos pueden enseñar mucho al respecto.

Artículo de MARINA ARTUSA, visto en clarin.com | http://ssociologos.com/2013/08/27/la-gente-feliz-genera-vinculos-la-infeliz-compra-compulsivamente/ | 27 Agosto 2013

Comenzamos con una fábula. Érase una vez, en un país muy lejano, una reina que, cierto día, mientras caminaba descalza, se clavó una piedra afilada y se hizo daño en el pie. Llena de ira, la reina mandó recubrir de cuero todo su reino. Sin embargo, justo cuando sus vasallos iban a ponerse manos a la obra, intervino un sabio ministro, que sugirió una fórmula más sencilla: en lugar de cubrir todo el reino, ¿por qué no proteger con cuero las plantas de nuestros pies? Y hete aquí el origen de los zapatos.

“Parece una idea absurda cubrir todo un reino de cuero para proteger los pies, pero en la vida cotidiana con frecuencia hacemos lo mismo”, escribe el maestro de meditación Gil Frondsal en su libro Viviendo en el presente (pdf traducido en español). Es imposible que todo se acomode a nuestro gusto y en ocasiones (¡demasiadas!) parece que suceda justo lo contrario, que todo esté contra de nosotros. En esos momentos resulta indispensable calzarse esos zapatos porque el mundo, nos pongamos como nos pongamos, no se transformará mágicamente a nuestro antojo.

El mindfulness o conciencia plena, que suele definirse como la capacidad de prestar atención al momento presente de forma deliberada y sin juzgar, actúa como protección. Solo que mientras que los zapatos únicamente pueden protegernos del mundo de fuera, el mindfulness –piedra angular de la filosofía budista– sirve para protegernos tanto del mundo exterior como del interior. “La meditación te ayuda a tener control sobre tu propia vida, te enseña a cultivar las fuentes de felicidad, de ecuanimidad. Tanto en momentos buenos como en malos o neutros podemos disfrutar de una sensación de bienestar. Entendido así, creo que todo el mundo tiene que aprender a meditar”, dice Allan Wallace, autor y experto en budismo tibetano que imparte talleres de meditación por todo el mundo, incluido España, donde estuvo hace unos meses.

Infoxicados

Tanto o más machaconas que las piedras y muchas veces igual de afiladas pueden llegar a ser las distracciones digitales. Aunque en última instancia es posible darse de baja del bombardeo multimedia y mandar a la porra las redes sociales y el móvil (esta es la opción de algunos valientes), el mindfulness sirve para plantearse opciones menos drásticas.

“Todos los días tenemos el gimnasio abierto para entrenarnos para desarrollar la atención”, señala el Fernando Tobías. Este psicólogo, que lleva varios años impartiendo talleres y conferencias con el título Cómo desarrollar la atención en la era de las distracciones múltiples, se refiere a la infoxicación que tantos padecemos, ese estado de estrés o angustia cuando la información que recibes es mayor de la que eres capaz de procesar. “Es el empacho que padeces cuando te ves desbordado. Nos cuesta mucho ponernos límites y renunciar. Esto es como un buffet libre. Si no te limitas, enfermas”, señala.

La pausa inicial para tomar conciencia de qué necesidad tienes en este momento es la clave que regula tu conducta. La aportación del mindfulness es facilitar el estado de conciencia para estar alerta y poder tomar, así, decisiones conscientes. “Si hay agitación por dentro, te conviertes en un impulso con patas, y cualquier estímulo te va a poner en marcha. Si estás tranquilo, podrás distinguir cuál es el momento apropiado para cada cosa”.


Contar de uno a 10

Estar presente en el cuerpo y concentrado en el ahora nunca fue tan difícil. Incluso algo tan sencillo como contar de 1 al 10 sin que la mente se vaya por otros derroteros es complicado. “Cuando la atención va constantemente de un objeto a otro, lo que se propicia es una reactividad ante lo que ocurre: la capacidad de respuesta se reduce y nos comportamos de forma automática”, señala Ana Arrabé, instructora de programas de reducción de estrés basado en mindfulness (MBSR, por sus siglas en inglés) y una de las pioneras en España de esta disciplina, que nació en la Universidad de Massachusetts hace 30 años. “Vivimos en continua alerta y no nos permitimos desconectar”, asegura.

Motivos para estar estresados no faltan. Basta asomarse a cualquier telediario cualquier día de la semana. Pero la clave para nuestro bienestar, volviendo a la fábula de la reina y los zapatos, no se encuentra tanto en esquivar eventos externos (inevitables) sino en cómo reaccionamos ante ellos. Es esta respuesta –nuestra reacción ante lo que sucede y no el acontecimiento en sí– lo que determina la cantidad de estrés que vamos a experimentar.

El remedio contra la prisa

¿Es la meditación un antídoto para la prisa que nos invade? Wallace cree que sí. “Todo es más rápido ahora. Cada dos años cambiamos de móvil. No hay nada malo en la rapidez en sí misma. Pero estamos condicionados por el ritmo de vida y la exigencia de tener que hacer varias cosas a la vez, la sensación de que nunca estamos haciendo lo suficiente”. Y es tal la avalancha de información que necesitamos estar más centrados; no solo la mente, también el cuerpo sufre.

“En estos tiempos de globalización interconectada”, dice Arrabé, “la presión sobre los empleados aumenta, y en muchos entornos laborales se exige que las personas estén al día de todo lo que ocurre dentro y fuera de la organización y que se responda a las demandas que llegan mediante múltiples canales (email, WhatsApp, LinkedIn, etc.) con la inmediatez de un clic”. Esto aumenta la tendencia a la multitarea, y también a contemplar el mundo como un lugar más inseguro y caótico, lo cual lleva a las personas a “adoptar estrategias de afrontamiento basadas en la evitación, guiados por un antiquísimo instinto de protección y miedo”.

En sus talleres, Arrabé propone ejercicios para aprender a utilizar la tecnología de forma más beneficiosa, como fijar franjas horarias de acceso a las redes. “De esta manera, se reduce el flujo de distracciones en un periodo de tiempo laboral que se puede utilizar para profundizar en los proyectos”, algo fundamental en entornos donde la creatividad y la innovación es importante para que el proceso creativo no se disperse.

El ejercicio de las uvas pasas

Uno de los primeros ejercicios con los que trabaja esta experta, al igual que otros instructores de mindfulness, es el de las uvas pasas (que también puede hacerse con una mandarina, por ejemplo). Arrabé las reparte entre los participantes para enseñarles a conectar más profundamente con el alimento: primero se contempla y se toca, para apreciar la textura; después se huele y, finalmente, se degusta.

De esta forma, no solo nos hacemos más conscientes de los nutrientes, también tenemos tiempo para observar algunos hábitos: ¿ponemos demasiada comida en el plato? ¿Usamos la comida para alimentarnos o para huir de nuestras angustias? ¿Qué quiere decir esto? Salvo que hayas tenido unas pasas en tus manos y hayas dedicado varios minutos a comértela mientras lees estas líneas, poco: lo más importante sobre la plena conciencia es que tiene que ser experimentada. No sirve que te lo cuenten, aunque lo hayamos intentado.

Google ha publicado sus búsquedas más populares en 2015 y ofrece un dato interesante: cuando alguien comienza a escribir en el buscador “cómo ser…” con frecuencia quiere saber “cómo ser feliz”. En el caso de “qué hacer cuándo…” lo que más nos preocupa es el aburrimiento, del que ya hemos hablado, y la tristeza.

No tiene nada de extraño: todos queremos ser felices y todos nos preguntamos cómo lograrlo. Obviamente, nosotros no podemos responder esta pregunta eterna, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera está claro cómo definir este término ni hasta qué punto es fiable una ciencia de la felicidad, como escribía en Verne Natalia Martín Cantero.

Pero sí hay algunos consejos que nos pueden ayudar a sentirnos mejor. El psicólogo Richard Wiseman recoge algunos en su libro 59 Seconds, en el que ofrece “técnicas escondidas en publicaciones académicas que tienen apoyo empírico, pero que son rápidas de llevar a cabo”. Un poco como el mecánico que te recuerda que no le pagas por ajustar un tornillo, que son dos minutos de trabajo, sino por saber qué tornillo hay que ajustar, lo que implica años de experiencia.

En el capítulo dedicado a la felicidad, Wiseman recuerda que este sentimiento no solo hace que nos sintamos mejor, sino que también lleva a que “la gente sea más sociable y altruista, se guste más a sí misma y a los demás, sea más hábil a la hora de resolver conflictos y cuente con un sistema inmune más fuerte”. Otro dato importante: “La felicidad no es una consecuencia del éxito, sino su causa”.

1. Puedes influir en tu felicidad. El 50% de tu felicidad viene marcada por la genética. Un 10% se debe a las circunstancias (nivel educativo, de ingresos, vida personal…) y un 40% se deriva de tu comportamiento diario y de la forma en la que piensas acerca de ti mismo y de los demás, según explica en Scientific American la psicóloga Sonja Lyubomirsky, una de las principales estudiosas de este campo y principal fuente de Wiseman.

2. El dinero no da la felicidad. “Los mayores ingresos no tienen como consecuencia una vida más feliz”, siempre que podamos mantener nuestras necesidades básicas, escribe Wiseman. Esto se debe sobre todo a que “nos acostumbramos en seguida a lo que tenemos”. Por supuesto, comprarnos un coche nuevo puede proporcionarnos una alegría, pero a corto plazo: en seguida nos acostumbramos a ese coche y volvemos a nuestro nivel anterior de satisfacción (o insatisfacción) personal.

3. Compra experiencias y no objetos. Los objetos empiezan a perder su novedad en cuanto los sacamos de la caja, pero las experiencias (como viajes y cenas), mejoran en nuestro recuerdo con el tiempo: olvidamos los pequeños contratiempos y nos quedamos con lo mejor. Las experiencias “también promueven uno de los comportamientos que más ayudan a la felicidad: pasar tiempo con otras personas”.

3. Olvida eso del pensamiento positivo. La mayoría de consejos de los libros de autoayuda intentan mostrar las supuestas ventajas del pensamiento positivo, una de cuyas claves consiste en suprimir los pensamientos negativos. Pero lo cierto es que esto es contraproducente. Un estudio de la Universidad de Hamilton, en Nueva York, mostraba que quienes intentaban suprimir sus pensamientos negativos acababan pensando más en ellos y terminaban “más ansiosos, más deprimidos y con menos autoestima”. Se trata del clásico reto de Dostoyevski: intenta no pensar en un oso polar y verás que ese maldito bicho te viene a la mente a cada minuto.

4. Escribe. Hablar sobre experiencias desagradables o incluso traumáticas no suele servir de mucho, a pesar de que es una creencia habitual. En cambio, sí funciona “pasar unos minutos cada día recogiendo por escrito, como en un diario, nuestras reflexiones y sentimientos”, explica Wiseman. Escribir lleva a “crear una historia y una estructura que permite dar sentido a lo que nos ha ocurrido y trabajar en busca de una solución”. Es decir, “hablar puede añadir más confusión, mientras que escribir proporciona una perspectiva más sistemática y dirigida a las soluciones”.

5. Da las gracias. Los psicólogos Robert Emmons y Michael McCullough dividieron a los participantes de un estudio en tres grupos: el primero escribiría cada semana una lista de cinco cosas por las que se sentían agradecidos, el segundo anotaría cinco cosas que les hubieran molestado y el tercero, cinco cosas que hubieran ocurrido. Al final del experimento, el grupo que mostraba agradecimiento “acabó más feliz, más optimista acerca del futuro, con mejor salud física e incluso hacía más ejercicio”. Expresar agradecimiento ayuda a recordar las cosas buenas que nos ocurren y además crea retroalimentación en las relaciones sociales, como escribe el colaborador de Time Eric Barker: si eres agradecido con los demás, ellos también lo serán contigo.

6. Compórtate como si fueras feliz. Esta idea puede resultar controvertida, así que cito directamente a Wiseman: “Cuando la gente es feliz, sonríe. Cuando está de acuerdo, asiente con la cabeza. Hasta aquí, sin sorpresas, pero de acuerdo con un área de investigación conocida como psicología propioceptiva, el mismo proceso funciona a la inversa. Haz que la gente se comporte de una forma determinada y harás que sientan ciertas emociones y tengan ciertos pensamientos”.

Un experimento muy curioso en este sentido es el llevado a cabo por Fritz Strack, que puso a dos grupos a ver dibujos animados. Uno de ellos sostenía un lápiz entre los dientes. El otro, solo con sus labios. El primer grupo calificó los dibujos de más graciosos. Al sostener el lápiz entre los dientes, habían forzado su boca a formar una sonrisa. En cambio, quienes sostenían el lápiz con los labios forzaban un gesto de desaprobación.

Wiseman aconseja por tanto sonreír a menudo, manteniendo la expresión durante al menos 15 segundos; caminar de forma relajada; ser más expresivo al hablar; asentir más durante las conversaciones; llevar ropa más colorida; usar palabras con una mayor carga positiva; usar menos la primera persona del singular (yo, mí, me, conmigo…); hablar más deprisa, y estrechar la mano con firmeza. También ayuda llevar gafas de sol, escribe Barker: “La luz brillante te hace entrecerrar los ojos. Así parece que estés preocupado. Adivina qué biofeedback produce esto. Exacto, tu cerebro lo puede interpretar como si no estuvieras contento”. Las gafas de sol te ayudan a pensar que todo marcha bien.

7. Sé constante. Lyubomirsky recuerda que muchos de los participantes en sus estudios prueban técnicas que aumentan el bienestar, pero al finalizar la investigación, dejan de ponerlas en práctica y su nivel de felicidad baja. "Como una medicina o una dieta, estos ejercicios solo funcionan si sigues con ellos. Convertirlos en un hábito es crucial”. Y añade que lo principal es darse cuenta de que la felicidad no es algo fijo “y que un esfuerzo continuado la puede incrementar”. También es importante recordar que no todas las técnicas son útiles para todo el mundo.

Artículo escrito Jaime Rubio Hanckok y publicado por Verne El Pais | 16 Diciembre 2015

| http://verne.elpais.com/verne/2015/12/15/articulo/1450173011_151102.html

La mañana del 22 de octubre de 1844, varios miles de personas se reunieron a esperar el fin del mundo. Según los cálculos de William Miller, ese era el día de la segunda venida de Cristo. Muchos de sus seguidores incluso habían dejado de sembrar sus campos ese año y habían distribuido sus propiedades porque, total, nada de eso les iba a hacer falta.

El 23 de octubre se dieron cuenta de que algo había fallado. La mayoría renunció a las creencias de Miller y volvió a su vida anterior al apocalipsis fallido. Pero algunos de sus seguidores se negaron a admitir aquel vergonzoso error y prefirieron justificarse con la deducción de que esa era la fecha en la que Jesucristo había comenzado a juzgar desde el cielo nuestros actos. Es decir, no solo no rectificaron, sino que fundaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que actualmente cuenta con más de 18 millones de miembros. El error de Miller era secundario, de cálculo, y no afectaba al grueso de sus creencias: el fin del mundo seguía estando cerca.

Este es uno de lo ejemplos que da Kathryn Schulz en su libro En defensa del error, en el que explica que muy a menudo preferimos no reconocer que estamos equivocados y buscamos justificaciones a nuestros errores, a pesar de que en realidad pueden servirnos como estímulo creativo y personal.

¿Por qué nos equivocamos?

Lo peor no es que nos equivoquemos constantemente, sino que muy a menudo ni siquiera somos conscientes de estos errores. De entrada, nuestros sentidos nos engañan a menudo, como prueban, por ejemplo, las ilusiones ópticas. También nos traicionan nuestros sesgos y nos dejamos llevar por lo que opinan nuestros amigos, nuestra familia o, simplemente, la gente que piensa igual que nosotros y que refuerza nuestras ideas, protegiéndolas además de teorías alternativas.

Uno de los ejemplos clásicos, que comentamos en Verne recientemente, es el del experimento de Asch, en el que mostraba tarjetas como esta:

¿Cuál de las tres líneas de la derecha mide lo mismo que la de la izquierda? A lo mejor te parece evidente que es la C, pero si el resto de la sala (compinchados con Asch) dice que es la B, probablemente dudarías. De hecho, el 75% de los participantes dio una respuesta errónea con al menos una de las tarjetas. “El porcentaje de error pasó del 1% cuando actuaban independientemente a casi el 37% cuando se veían influidos por el grupo”.

Del mismo modo, tenemos la idea de que la memoria funciona de modo similar a una cámara de vídeo, pero no solo olvidamos mucho y a menudo, sino que también reconstruimos y fabulamos cuando nos falta información, aunque no seamos conscientes de ninguno de esos procesos. Un ejemplo: los experimentos de Ulric Neisser, que explican que probablemente no recuerdes qué estabas haciendo cuando cayeron las torres gemelas.

Cuando el Challenger explotó en 1986, Neisser preguntó a sus estudiantes el día después qué estaban haciendo cuando se enteraron. Y volvió a preguntarles tres años más tarde. “Menos del 7% de las segundas respuestas eran iguales que las primeras, el 50% se equivocaba en dos terceras partes de las afirmaciones, y el 25% eran erróneas en todos los detalles significativos”.

Superar el miedo al error

Cuando alguien pone en evidencia que nos hemos equivocado, nos sentimos mal. Por eso si alguien nos lleva la contraria, nuestro primer instinto es atrincherarnos y defender nuestras ideas con argumentos cada vez más hostiles.

Y eso a pesar de las consecuencias que pueden tener los errores si no los admitimos y nos esforzamos por evitarlos. Por ejemplo y según recoge Schulz, “entre 690.000 y 748.000 pacientes se ven afectados por errores médicos cada año en Estados Unidos, y mueren entre 44.000 y 98.000”. Lo primero que hizo el hospital Beth Israel Deaconess de Boston para intentar reducir su parte en esta cifra fue publicar sus errores médicos en la web, además de investigarlos. El objetivo, según su director era dar el primer paso de asumir su responsabilidad: “Si no reconoces que ha habido equivocaciones, no puedes eliminar la posibilidad de que vuelvan a ocurrir”.

Para Schulz, dudar acerca de nuestras certezas impulsa “la curiosidad, la posibilidad y el asombro”. Es una duda activa e investigadora, y nos anima a salir de nuestra zona de confort. Cuando nos enfrentamos a nuestros errores, y los explicamos en lugar de justificarlos, aprendemos más no solo sobre el asunto en el que nos hemos equivocado, sino también sobre nosotros mismos.

Y también sobre los demás: ser conscientes de nuestras equivocaciones (o al menos de su posibilidad) nos anima a considerar otros puntos de vista, a considerar ya de entrada que la otra persona puede tener razón. Por eso el error está relacionado con la creatividad y el arte, que muy a menudo incluye “el placer de perderse, en el sentido de estar confundido o a oscuras”. El arte “es un ejercicio de empatía”.

"No, pero..."

Pero para llegar a este punto necesitamos aprender a escuchar. Cosa que no sabemos hacer: “De media, los doctores interrumpen a sus pacientes 18 segundos después de haber comenzado a explicar las razones de su visita”. Una forma de aprender consiste, simplemente, en callar un rato. Schultz pone el ejemplo de John Francis, que en 1973 comenzó un voto de silencio que duró 17 años. No era ningún monje. Tomó esta decisión en su 27 cumpleaños porque “me pasaba todo el tiempo discutiendo”. Empezó probando un día, a ver qué pasaba. Y comenzó a “oír cosas que nunca había escuchado antes". A veces incluso cambiaba de opinión. Hasta entonces solo escuchaba “lo suficiente para saber si las ideas de la otra persona eran las mismas que las mías. Si no lo eran, dejaba de atender y mi mente comenzaba a preparar un argumento en contra de lo que creía que era la posición de mi interlocutor”.

Es decir, en lugar de saltar nada más oír una opinión, puede ser buena idea guardar algo de silencio, aunque no hace falta que sean 17 años. No estamos obligados a opinar sobre todo, todo el rato. Ni aunque tengamos una cuenta en Twitter.

Artículo escrito por Jaime Rubio Hanckok y publicado en Verne El Pais | 4 enero 2016

| http://verne.elpais.com/verne/2015/11/27/articulo/1448615999_831033.html

Escucha esta positiva canción para ser feliz de El Pacto.

Pincha aquí para escuchar la canción.

Te invitamos a leer la letra, ¡¡Esperamos que te inspire!!

La busqué en el armario, en el bolso de diario 
No vi nada en los rincones, dentro de los pantalones. 
La busqué de calendario, revisé las fotografías. 

Creo que es caso cerrado, alguien me robó mi sonrisa 
Pero me da igual porque tengo más para regalar 
Y no me cuesta nada poner buena cara 
Y pensar que mañana se irá otro día, 
Se irá otro día. (x2) 

La busqué en la cartera donde guardo las monedas, 
No vi nada en los cajones de mis equivocaciones. 
La busqué en los zapatos, dentro de las cajas vacías. 

Creo que es caso cerrado, alguien me robó mi sonrisa 
Pero me da igual porque tengo más para regalar 
Y no me cuesta nada poner buena cara. 
Me da igual porque tengo más para regalar 
Y no me cuesta nada poner buena cara 
Y pensar que mañana se irá otro día, 
Se irá otro día. (x2) 

La busqué en la escalera, centro de la cafetera 
No vi nada en los renglones que componen mis canciones. 
La busqué en el diario que no escribo todos los días. 

Creo que es caso cerrado, alguien me robó mi sonrisa. 
Me da igual porque tengo más para regalar 
Y no me cuesta nada poner buena cara. 
Me da igual porque tengo más para regalar 
Y no me cuesta nada poner buena cara 
Y pensar que mañana se irá otro día, 
Se irá otro día. (x2) 

Me da igual, que tengo más 
Me da igual, para regalar 
Me da igual y sin más me da igual, 
Y sin más me da igual.

 

Es posible que te hayas encontrado o alguien haya compartido contigo este texto sobre los beneficios de dibujar, que sugiere, por ejemplo, que si necesitas recuperar energía, dibujes paisajes y, en cambio, optes por un arcoíris para combatir la tristeza. Hay más: si estás enojado, dibujar líneas; si sientes angustia, haz una muñeca de trapo; si estás desesperado, dibujar caminos. Y así, hasta completar una lista que en Facebook cuenta con más de 36.000 me gusta y que se ha compartido más de 62.000 veces.


“No creo que tenga ninguna base científica ni que sea tan sencillo como lo exponen -explica a Verne la psicóloga Amaya Terrón-. Es decir, si estas cansado y dibujas flores, no vas a sentirte descansado, ni sentirás armonía y tranquilidad, directa y automáticamente”.

El texto, además, es una versión de este otro de la terapeuta Victoria Nazarevich, que en realidad sólo sugiere que dibujemos, “pase lo que pase en tu vida” y sin especificar el qué.

El dibujo y tu cerebro

Esto último tiene algo más de sentido. Dibujar “ayuda a concentrarse", explica Terrón, aunque no de forma tan específica como sugería el primer texto. Además y aparte de la satisfacción personal, dibujar (al igual que pintar y esculpir, por ejemplo) estimula nuestro cerebro y nos ayuda a mejorar nuestra memoria y nuestra capacidad de introspección, al combinar nuestros procesos cognitivos y motores, tal y como recoge Mic. Otros estudios hablan de cómo el arte puede proteger contra el declive de ciertas funciones cerebrales con la edad.

Y añade algo interesante para quien crea que no tiene mano con el dibujo o que simplemente se le da mal: “No hay nada de magia cuando desarrollamos una habilidad... Aunque sí trabajo duro”, escribe Richard Banks en Drawing: The Art-Science Connection. Es más, Banks cita estudios que aseguran que el hecho de ser mejor en una actividad “no es consecuencia de poseer dones innatos”. Es decir, todo (o casi todo) se puede aprender, aunque (evidentemente) esto no significa que lleguemos necesariamente a ser genios.

Terrón añade que “hay personas que encuentran el placer en el dibujo en sí, porque les gusta y se les da bien también, otras igual no tienen tanta destreza pero les ayuda a expresar lo que de otra forma no expresarían”. Y recuerda que el arte se puede usar incluso como herramienta de terapia, ya que puede ayudar “a expresar emociones que están enquistadas” y a entender nuestros "propios fantasmas y miedos”.

Y tú, ¿cuándo dejaste de dibujar?

A todos los humanos nos gusta dibujar desde hace unos 40.000 años. Y es algo que podemos hacer casi todos. Tal y como escriben en Scientific American: “Dibujar es simplemente hacer líneas y puntos en el papel. Si sabes escribir tu nombre, puedes dibujar”.

Es más, comenzamos a dibujar antes de saber leer y escribir. Todos los niños han dibujado en algún momento de su vida. Para ellos, escribe Banks, el dibujo “es una forma de aprender sobre el mundo en el que viven y acerca de su lugar en él”.

¿Y por qué dejamos de hacerlo? Banks sugiere que muchos niños “descubren otras formas de explorar su mundo, se involucran en otras actividades o, más a menudo, simplemente pierden interés. Su conocimiento se desarrolla más deprisa que su habilidad motora”, por lo que llega un momento en el que “no saben dibujar lo que su cerebro ve”, lo que ocurre sobre todo cuando a partir de los 8 o 9 años intentamos plasmar la perspectiva. A consecuencia “se frustran y pierden interés”.

“Dejamos de divertirnos”, resume el ilustrador John Hendrix en The Atlantic. De niños disfrutamos del dibujo sin preocuparnos por nada más, pero llega un momento en el que tenemos que aprender “cómo mostrar la luz, el espacio, la composición, la forma, la línea. Después de eso, tenemos que entrenarnos para jugar otra vez”. En su opinión, disfrutar es un primer paso esencial antes de encontrar nuevas ideas.

No dejes de garabatear, al menos

Pero aunque ya no compremos libretas de bocetos, ni podamos (o queramos) dedicar horas a esta actividad, esto no significa que tengamos que abandonar el dibujo por completo. “Ocasionalmente, todo el mundo tiende a garabatear, hacer bocetos o plasmar una idea -escribe Banks-; dibujar es un comportamiento que forma parte de la especie humana”.

Banks añade que los esbozos, dibujos rápidos, diagramas improvisados y demás son “un ejercicio en pensamiento libre, sin limitaciones. A menudo representan una forma de soñar despierto de forma gráfica que es beneficiosa para el proceso creativo del mismo modo que la preparación de un atleta ha de preceder a sus resultados”. Estos dibujos rápidos también “incrementan la destreza manual y refuerzan la conexión entre tus actividades motoras y tu sistema visual”.

Coincide Terrón, que añade el garabateo puede alejarnos “de la ansiedad que podamos estar sintiendo”, además de servirnos para “concentrarnos en una sola cosa y alejarnos de nuestros propios pensamientos”. Eso sí, “no todo el mundo le puede dar una misma finalidad”.

La escritora y consultora Sunni Brown es una de las principales defensoras del garabateo. En esta charla TED recuerda que garabatear en una reunión, por ejemplo, está mal visto, a pesar de que hay estudios que coinciden en que se trata de una herramienta que nos ayuda recordar, a procesar información y a encontrar soluciones creativas.

Otra defensora de los dibujos al margen de folios y cuadernos es la educadora Giulia Forsythe, que en este dibujete publicado en su galería de Flickr apunta que garabatear es una forma de pensamiento externo que conecta personas e ideas, tanto conscientes como inconscientes. Es una forma de soñar despierto que lleva a asociaciones al azar que permiten alcanzar soluciones creativas.

Pinta y colorea

Más de moda está otra actividad relacionada con el dibujo: los libros de colorear para adultos. Incluso Forges ha publicado uno. Aunque de entrada pueden parecer una rareza, Terrón explica que “es cierto es que los movimientos rítmicos, regulares y suaves con un impacto en el papel o colorear rellenando espacios delimitados pueden hacer que la persona se enfoque tanto en la tarea que está llevando a cabo que pueda desconectar de otros pensamientos intrusivos o ansiógenos con el entrenamiento correcto”.

Se trata, en definitiva, de ejercicios de concentración y relajación, aunque en este caso no sean necesariamente una expresión artística.

Artículo escrito por Jaime Rubio Hanckok y publicado en Verne El Pais | 14 Noviembre 2015

http://verne.elpais.com/verne/2015/10/21/articulo/1445432697_658633.html

Similar, aunque ya nos vayamos al texto, es la caligrafía, un arte cada vez más practicado que sigue tradiciones tanto chinas, de hace más de 4.500 años, como europeas, heredadas de los monjes de la Edad Media. Como recogía Smoda, practicar la caligrafía, de modo similar a los simples esbozos y garabatos, "predispone a la conciencia plena, al ‘aquí y al ahora’, por lo que tiene mucho que ver con los estados meditativos. Su ejecución exige un estado mental en el que no tienen cabida ni el estrés, ni las preocupaciones, ni las tensiones musculares, ni los pensamientos intrusivos”.

Necesidad de motivación

Pero Banks añade algo que es fundamental y que a veces se olvida: todo esto sólo funciona si nos interesa. La emoción marca tanto nuestra atención como nuestra retentiva. Si nos aburre dibujar, una actividad que en la que pasamos horas de manera “casi semi consciente, concentrados y atentos”, de poco sirve que nos obliguemos. Y añade: “Es un mito que otras personas puedan motivarte”. La motivación “viene de dentro, instigada por la elección basada en tus intereses y metas personales”. No nos podemos obligar ni siquiera a hacer un triste monigote.

También añade que el hecho de que podamos aprender a dibujar de forma más que correcta no implica que vayamos a ser genios, ni tampoco que vayamos a ser más creativos, por mucho esfuerzo que le dediquemos: “El dibujo es una habilidad adquirida que puede ser muy útil en el trabajo creativo sin ser necesariamente una expresión creativa”. Puedes dibujar muy bien sin ser creativo y, claro, ser creativo sin ni siquiera saber coger un lápiz.

Pero sí que es cierto que las personas creativas “quedan fascinadas con una actividad en sí misma: la exploran con deseo e intensidad, e investigan cada aspecto de lo que les interesa en profundidad”. Y esto vale para dibujar, escribir, tocar un instrumento o cualquier cosa que nos atraiga.

Tristeza se ha convertido en la emoción protagonista de Del revés. Pixar ha demostrado a través de la animación que, a veces, es necesaria para seguir adelante y, entonces sí, encontrar la felicidad. Para desarrollar esta premisa han recurrido a Riley, una niña de 11 años que pierde la inocencia cuando su padre recibe una oferta de trabajo y toda la familia tiene que mudarse a otra ciudad. A miles de kilómetros de su casa de siempre, de sus amigos del colegio y de sus compañeros del equipo de hockey. Todo lo que conocía queda demasiado lejos. Algo similar sucede en su mecanismo emocional. Hasta el momento en que se sube al coche y se despide de lo que considera su hogar, la felicidad guiaba su vida. Cuando el motor arranca, el cóctel emocional empieza a agitarse.

Con la ayuda de Ana Piñar Salinas, psicóloga especializada en niños y adolescentes, y Patricia Ramírez, experta en psicología deportiva, intentamos responder a las cuestiones que este tipo de situaciones provocan en los más pequeños. ¿Cómo se ayuda a un niño que pierde sus referentes en el camino que separa su casa de su nueva ciudad? ¿Cómo pueden reaccionar unos padres cuyo único objetivo es que su hijo sea feliz?

Antes de seguir leyendo una advertencia: hay algunos spoilers de la película.

- ¿Cómo se explica a un hijo/a de unos 11 años una mudanza a otra ciudad?

 
Riley, la protagonista de la película, con sus padres cuando sólo conocía la felicidad
Piñar aconseja anticiparse a la situación e involucrar paulatinamente a los niños en el cambio. "Informarles muy bien. Tendemos a pensar que ellos no se enteran de nada, pero es al contrario. Podemos argumentar las razones de la mudanza, que entiendan que es una necesidad... Pero sin idealizar la situación". Un buen recurso es poner ejemplos que los hijos puedan comprender. "Tendemos a llevar una vida estancada, con casas y trabajos para toda la vida", explica Ramírez, "si les planteamos casos como los de los entrenadores de fútbol que cambian de equipo cada año y se llevan con ellos a su familia, o los hijos de diplomáticos que también se trasladan frecuentemente de ciudad, el cambio se convierte en algo positivo".

- La mudanza supone para Riley un cambio de colegio, nuevos amigos y nuevas rutinas. ¿Qué consejos hay que darle a un niño/a para el primer día de clase?

 
El trago de las presentaciones el primer día en un nuevo colegio
"En este caso la preocupación es mayor por parte de los padres que por los hijos", opina Ramírez. "Normalmente un niño va al parque y solo le hace falta decir ‘cómo te llamas’ para hacer amigos". Piñar sugiere la posibilidad de ensayar en casa situaciones que podrían sucederles en clase para ayudarles a que se relajen. "La mejor manera es comportarse como uno es, presentarte e interesarse por los demás porque así los otros se sentirán importantes y enseguida se harán amistades", apostilla Ramírez.

Existen algunas herramientas que pueden guiar a un padre. "Hay que empezar por preguntarles qué les preocupa", plantea la Ramírez. "Probablemente sea no ser aceptado o que se rían de ellos. En ese caso, hay que buscar experiencias en su vida similares. No encontrarán ninguna. Entonces, ¿por qué hay que preocuparse por cosas que nunca han ocurrido?". Otra opción es recordarles que esos nervios que sienten son los mismo que tenían cada inicio de curso en su anterior colegio.

- En la película, Riley siente celos porque su mejor amiga tiene nuevas amigas.

 
Riley y su mejor amiga cuando vivían en la misma ciudad
"Los celos", dice Piñar, "son una respuesta emocional que ellos desconocen, así que hay que comenzar por explicarles por qué se sienten así. Mostrar empatía ante su frustración a través de nuestra propia experiencia ('yo también siento ganas de llorar o me enojo cuando me ocurre esto con un amigo') dándoles pautas para gestionarlo". Para atenuar esa parte posesiva de "mi" mejor amiga, Ramírez sugiere que se les explique que lo ideal es tener varias amigas y que se alegren por las nuevas amistades: "Así se transmiten valores como la generosidad y el compartir".

"Lo importante es que invierta su energía en mantener la relación con sus antiguas amistades: contarles cosas nuevas, ir a visitarla de vez en cuando, acordarme de su cumpleaños, de las cosas que le gustan… Y ayudarles como adultos para que lo consigan", remata Ramírez.

- ¿Hay que animarles a que sigan con sus aficiones en esta nueva etapa? Riley lo intenta con el deporte.

 
Equipada para jugar al hockey, uno de sus actividades favoritas
"Mantener las rutinas", nos cuenta Ana Piñar, "suele funcionar muy bien en situaciones de cambio. Eso no significa, sin embargo, que debamos mantener todas ni que los nuevos hábitos sean exactamente igual a nuestra vida anterior". Otra opción es animarles a que hagan cosas nuevas. "Cuando llegas a un sitio nuevo donde nadie te conoce es el momento de reinventarte", dice Ramírez.

- El cambio de trabajo de uno de los padres afecta a la familia. ¿Cómo se explica a un niño/a de esa edad este tipo de problemas familiares de los que hasta ese momento no era consciente?

 
La familia en su nueva casa
Ambas expertas consideran que "aunque no contemos todo, ni les hagamos llegar los temas más escabrosos, sí debemos hacerles partícipes de lo que ocurre". La mejor forma de afrontar las adversidades es siendo francos con ellos y contándoles la parte del problema que sea comprensible para un niño de esta edad. "Es aconsejable trasladarles que lo importante no es agobiarnos sino buscar soluciones", dice Ramírez. "Y si pueden participar de las soluciones se sentirán importantes y además agradecerles su participación".

Artículo escrito por Maria Sánchez Sanchez y Ana Marcos y publicado en Verne El País | 30 Julio 2015

http://verne.elpais.com/verne/2015/07/29/articulo/1438164820_641718.html

Os ofrecemos esta preciosa canción de Julieta Benegas y Diego Torres para aquellos que están de vacaciones y para los que no, la felicidad es nuestra responsabilidad individual y nace de dentro hacia afuera, con independencia de lo exterior. En todod los casos, os deseamos un feliz día de agosto y una feliz semana,

Para escuchar la canción pincha aquí.

Aquí os dejamos la letra:

Cuando la noche se acerca 
hay algo en mi alma que vuelve a vibrar 
con la luz de las estrellas 
en mis sentimientos te vuelvo a encontrar 
quiero que me mires a los ojos 
y que no preguntes nada más 
quiero que esta noche sueltes 
toda esa alegría que ya no puedes guardar. 
paso las horas fumando 
oyendo en el viento la misma canción 
porque el tiempo que vale 
lo marca el latido de mi corazón 
quiero que me mires a los ojos 
y que no preguntes nada más 
quiero que esta noche sueltes toda esa alegría 
que ya no puedes guardar. 
Deja que tus sueños sean olas que se van 
libres como el viento en mitad del mar 
creo que la vida es un tesoro sin igual 
de los buenos tiempos siempre quiero más. 
Soy como el agua del río 
y por el camino me dejo llevar 
porque aprendí que la vida 
por todo lo malo algo bueno te da 
quiero que me mires a los ojos 
y que no preguntes nada mas 
quiero que esta noche sueltes toda esa alegría 
que ya no puedes guardar 
Deja que tus sueños sean olas que se van 
libres como el viento en mitad del mar 
creo que la vida es un tesoro sin igual 
de los buenos tiempos siempre quiero más. 
Deja que tus sueños sean olas que se van... 
creo que la vida es un tesoro sin igual 
me dejo llevar...

Un amigo compartió hace poco unas semanas en Facebook una famosa foto del escritorio de Albert Einstein el día de su muerte, entusiasmado por el hecho de que alguien tan inteligente como el físico fuera tan desordenado como él. “El orden está en tu mente”, escribió mi amigo, a lo que yo contesté que sentía ganas de tirar todos esos papelotes y limpiar esa pobre mesa que no tenía culpa de nada.

 
La gente desordenada tiende a decir que en su desorden hay un sistema y que ellos saben dónde tienen cada cosa. Es más, muchos opinan que ese caos les ayuda a pensar y a trabajar. En cambio, yo pienso que son unos vagos que no quieren tomarse cinco minutos para ordenar esos libros y guardar esos papeles donde toca, así que decidí llamar al psicólogo Miguel Silveira para que me diera la razón: “En efecto -contesta, llevándome la contraria-, hay personas que saben dónde está cada cosa dentro de su desorden”. Aunque esto no es algo que pase siempre, como añade la psicóloga Amaya Terrón: "Otra cuestión es que el orden de cada uno es tan subjetivo que donde uno ve desorden es posible que haya ciertas normas en lo que aparentemente es un caos".

El vínculo entre desorden y creatividad

Además de que existe este orden interno, tener las cosas fuera de su sitio “puede estimular la creatividad porque el sistema es abierto y se presta a surfear buscando salidas, creaciones, soluciones, caminos”. Eso sí, aunque “las personas creativas sí suelen ser desordenadas, esto no significa necesariamente que todas las personas desordenadas sean creativas”. Es decir, tirar los libros por el suelo no nos va a convertir en genios. "La consecuencia del desorden no es la creatividad", concluye Terrón.

Silveira no es, ni mucho menos, el único que establece un vínculo entre desorden y creatividad: un estudio de 2013 mostró cómo un ambiente desordenado favorecía respuestas más creativas de los participantes que uno limpio y arreglado. A modo de compensación, el mismo experimento puso de manifiesto que la gente ordenada prefiere la alimentación sana, es más propensa a donar dinero y tira más por lo clásico que por lo nuevo.

En un artículo publicado en el New York Times, Katheleen D. Vohs, una de las autoras de este trabajo, también apuntaba que la tendencia a oficinas minimalistas podía suponer un freno a la creatividad. No se trata sólo de que no sea posible el desorden, sino de que cada vez tenemos menos espacio propio.

En definitiva y para mi contrariedad, hay que tener cuidado con el “orden perfecto, donde todo está previsto y perfectamente ajustado en cuanto al espacio y el tiempo, y por tanto donde la improvisación y la creatividad casi no tienen cabida”, dice Silveira, que añade que esta pulcritud excesiva “no sólo es signo de rigidez mental o esclerotización de la actitud del orden. Se asemeja a lo excesivamente normativizado y pautado y suele ir anejo a un tendencia obsesiva y algo maniática, y por tanto de déficit de normalidad comportamental”.

Terrón añade que hay grados en esta necesidad por ser ordenados: "Es cuando se radicaliza cuando podemos considerar dañino para la persona: ya no tiene manía por el orden porque le confiere felicidad, sino que lo hace para huir de la ansiedad que le provoca no hacerlo o verlo desordenado".

Carraspeo. Muevo ligeramente la libreta para que no quede alineada con la mesa. Tumbo el click de Playmobil.

Las ventajas del orden

Eso sí, no todo es malo en el orden: favorece “la armonía, la relajación, la eficacia en el rendimiento y el bienestar con uno mismo”, añade Silveira. A nuestro cerebro le resulta agradable y por eso busca patrones, estructuras y normas. Tal y como muestra la teoría de los cristales rotos, la limpieza y el orden promueven los comportamientos legales y morales, mientras que un ambiente desordenado puede llevar a lo contrario.

De hecho, el caos también puede suponer un problema. Por ejemplo, en el trabajo o con la pareja: “Si uno de los dos es muy ordenado y el otro caótico, esto dará lugar a conflictos y choque de intereses, y eventualmente se puede desembocar en descarrilamiento”.

Es decir, hay límites, tanto en un sentido como en otro: “Si el desorden y la desorganización son elevados favorecerían también el caos, el estrés y la confusión”, explica Silveira. Y eso lo complica todo: “Las relaciones personales, el trabajo, el estado mental”.

Como dice Eric Abrahamson, autor de A perfect mess (Un follón perfecto), en esta entrevista publicada en The Globe and Mail, pasar 20 horas ordenando tu mesa no te va a devolver 20 horas de eficiencia. Según Abrahamson, puede ser más útil dejar que el desorden se amontone en lugar de lidiar con él constantemente, siempre que no se superen ciertos límites. Es decir, se trata de admitir que vamos a perder la batalla contra la entropía y siempre (o casi siempre) habrá algo fuera de sitio.

Coindice Terrón, que es más escéptica en lo que respecta al vínculo entre orden y desorden, pero añade que "es posible es que las personas que tengan una obsesión por el orden, dediquen tanto tiempo a éste que no les quede tiempo ni recursos para la creatividad".

La clave está en encontrar el equilibrio: “Cierta dosis de desorden es conveniente para dar un toque de improvisación, de informalidad y de frescura a la vida", explica Silveira. Y al revés: "Cierto orden externo facilita el orden y disciplina mentales, o sea, un orden interno de las ideas y sentimientos”. Entre otras cosas porque “luego no hay más remedio que aplicar un método” para llevar cualquier idea a cabo.


Rutinas o el orden en el tiempo

Es decir, por mucho que el desorden pueda ser estimulante, también necesitamos espacios de trabajo y hábitos más o menos estructurados, que suponen un orden temporal, por usar el término de Abrahamson. En Daily Rituals se recoge la cita del compositor John Adams, cuando dice que “la gente más creativa que conozco tiene hábitos de trabajo muy rutinarios y no particularmente glamurosos”. Otra cita del mismo libro, esta del poeta W. H. Auden: “La rutina, en un hombre inteligente, es un signo de ambición”.

La rutina puede ayudar a automatizar muchos procesos y liberar la mente “para hacer el trabajo que le es más propio”, añade el filósofo William James, que jamás fue capaz de llevarlo a cabo, según se cuenta también en Daily Rituals. Es más, el libro no sólo recoge experiencias de gente estructurada, sino que habla también de gente como el pintor Francis Bacon, que tenía el estudio, digamos, ligeramente desordenado.

Artículo escrito por  Jaime Rubio Hanckok y publicado en Verne | 26 Febrero 2015

| http://verne.elpais.com/verne/2015/02/25/articulo/1424874025_474045.html

El psicólogo Rafael Santandreu comienza a recibir por estas fechas a pacientes que tienen pánico a las vacaciones. Pasar un mes sin hacer nada es aterrador: muchos incluso han de tomar ansiolíticos. No es tan raro como parece. Peter Toohey recoge en Boredom: A Lively History (Aburrimiento: una historia animada), una postal que recibió un mes de agosto: “He pasado unas vacaciones maravillosas. Llovió todo el tiempo. No tuve que llevar a los niños a la playa ni una sola vez. Pude acabar un montón de trabajo”.

“En nuestra sociedad hay fobia al aburrimiento”, explica a Verne Santandreu, autor de Las gafas de la felicidad. No exagera: el tiempo vacío asusta tanto que el 25% de las mujeres y el 66% de los hombres encerrados en una habitación durante 15 minutos prefiere darse una leve descarga eléctrica antes de no hacer nada, según recoge Scientific American. Cualquier cosa vale con tal de matar el tiempo.

Como recoge Toohey en su libro, de entrada hay motivos para temer al aburrimiento. El tedio crónico está asociado con un mayor riesgo de “desarrollar ansiedad, depresión, adicción al alcohol o a las drogas, ataques de ira, comportamiento agresivo y carencia de habilidades interpersonales, además de unos resultados pobres en el trabajo y en la escuela”.

Encontramos un ejemplo de casi todo a la vez en Jack Torrance, el protagonista de El resplandor. Encerrado en un hotel todo el invierno con su familia, es incapaz de superar su alcoholismo y escribir su novela, y cae víctima de un aburrimiento que le lleva a las alucinaciones, a la ira y a abrir puertas con un hacha. 

“No existe el exceso de aburrimiento -afirma Santandreu-. Existe una mala vivencia del aburrimiento”. El psicólogo lo compara a una superstición: si tienes miedo a que se te cruce un gato negro, lo pasarás mal cuando ocurra tal cosa, pero eso no significa que un gato negro de verdad provoque mala suerte. 

El aburrimiento, igual que el pobre gato, no tiene nada de malo, según Santandreu: “Es muy importante recuperar el gozo de no hacer nada”. El tedio forma parte de “nuestra naturaleza, nos pone en un estado mental de calma y de felicidad y es un gran activador de grandes tareas”. Santandreu recuerda una cita de Blaise Pascal que les hubiera venido bien a Torrance y a los participantes en el estudio de las descargas eléctricas: “Todos los males de los hombres vienen de una sola cosa: de no saber quedarse tranquilos en una habitación”.

Tenemos que aprender a disfrutar de estos ratos en los que no hacemos nada o no hay nada que podamos hacer. Desde la infancia: “Los niños están sobreestimulados -explica Santandreu-. No saben aburrirse y esto puede provocar un aumento o un empeoramiento del trastorno por déficit de atención”. Santandreu incluso sugiere que en las escuelas los niños deberían dedicar tiempo a “no hacer nada, a mirar la pared durante una hora” para perder este miedo al hastío. De hecho, el propio psicólogo explica que el cuarto de hora que tiene libre entre paciente y paciente lo dedica “a mirar por la ventana”.

No hacer nada sirve de mucho. Toohey cita una encuesta en la que se afirma que el aburrimiento “puede contener un potencial de reflexión importante y puede ser un estímulo a la creatividad”. El aburrimiento nos permite soñar despiertos e imaginar soluciones y alternativas. Es “una oportunidad para el pensamiento y la reflexión o la relajación”. Lars Svendsen añade en Filosofía del tedio que el aburrimiento "presupone un momento de reflexión sobre uno mismo, de contemplación de la propia situación en el mundo”.

Santandreu va más allá: todo esto suena muy bien, pero si nos aburrimos sin obtener ninguna ventaja positiva a cambio, “¿cuál sería el problema? El objetivo de la vida no es producir constantemente mercancías tangibles o intangibles”. El psicólogo recomienda “recortar y ralentizar”. Es decir, “prescindir de tareas, de medios” y “hacer las cosas más despacio y prestando más atención”.

Santandreu relaciona la mala prensa que tiene el aburrimiento con la sociedad de consumo y del ocio, que quiere que siempre estemos “ocupados o haciendo cosas emocionantes”. En este sentido, Toohey recuerda que “el tiempo libre, para Adorno, está conducido por la misma comercialización que el tiempo de trabajo: el trabajo genera beneficios y el tiempo libre debe hacer lo mismo”.

Según Santandreu, internet es uno de los principales responsables de la ociofobia, por usar el término acuñado por el propio psicólogo: “Es un suministrador de información arrollador”. En muchos casos se trata de contenidos pensados para “durar poco tiempo, de un uso muy limitado”.

Internet no está solo: "La obsesión de nuestra cultura con fuentes externas de entretenimiento -la televisión, internet, los videojuegos- podría jugar un papel en el incremento del aburrimiento", escribía Anna Gosline en Scienfic American. Eso sí, internet tiene la ventaja de la ubicuidad. Sacamos el móvil nada más llegar a la parada de autobús o buscamos algo que hacer con nuestra tablet mientras pasan las horas del domingo. Lo hacemos tan a menudo que Google incluso completa la búsqueda con referencias al aburrimiento cuando empezamos a preguntarle por cosas que podemos hacer.

 
 
Y eso a pesar de que internet no siempre nos divierte. A veces es como una descarga eléctrica en una habitación vacía: sólo es un medio con el que intentamos matar el tiempo. Según datos de Google y Microsoft citados por Nicholas Carr en What Should We Be Worried About, empezamos a abandonar una página si tarda en cargarse más de 250 milisegundos y dejamos de ver un vídeo si tarda dos segundos en comenzar. Tenemos tanto pánico a aburrirnos que huimos en cuanto vemos una pantalla negra.

“A medida que una red se hace más rápida, nos volvemos más impacientes”, escribe Carr. “El fenómeno se amplifica por el zumbido constante de Facebook, Twitter, los mensajes de texto y las redes sociales en general”. Cada vez es menos probable que “experimentemos cualquier cosa que requiera una espera, que no nos proporcione una gratificación instantánea”.

No sabemos esperar porque queremos vivir en un presente constante, como sugiere Douglas Rushkoff en Present Shock: When Everything Happens Now: nuestro objetivo ilusorio es estar al día con todas las actualizaciones de redes sociales y correos electrónicos “para estar finalmente en el ahora”. No nos permitimos un instante vacío: si no estamos mirando el móvil, es el propio teléfono el que requiere nuestra atención con vibraciones y timbrazos.

Como escribe Svendsen, nos negamos a abandonar el mundo mágico de la infancia, "lleno de cosas nuevas y emocionantes. Quedamos suspendidos en un estadio intermedio entre la niñez y la madurez, en una pubertad sin fin”, olvidando que “la pubertad está llena de tedio”.

El poeta ruso-americano Joseph Brodsky escribió una alabanza del aburrimiento que quizás sea el texto más citado sobre el tema. Su solución al miedo que nos produce el tedio es rendirnos: “Cuando os golpee el aburrimiento, id por él. Dejad que os inunde; sumergíos, tocad fondo. En una situación desagradable, la regla es tocar fondo cuanto antes para volver con más rapidez a la superficie”. El aburrimiento “representa al tiempo en toda su pureza, en todo su repetitivo, superfluo y monótono esplendor”. "Pone tu existencia en perspectiva y el resultado neto es precisamente el conocimiento y la humildad”.

Artículo escrito por Jaime Rubio Hanckok En Verne. El País | 15 junio 2005 | 

http://verne.elpais.com/verne/2015/06/08/articulo/1433771989_020991.html

 

Después de un mal día, somos muchos los que buscamos consuelo, por ejemplo, yendo de compras, comiendo nuestro postre favorito o saliendo con amigos.

No obstante, un nuevo estudio publicado hace unos días en la revista estadounidense Emotion sugiere que los regalitos que nos hacemos a nosotros mismos apenas nos suben el ánimo.

Lo que sí lo hace, en cambio, son los actos de generosidad dirigidos a los demás. Esos gestos amables hacen que nos sintamos mejor, explica la doctora Katherine Nelson, experta en Psicología de la Universidad del Sur de Sewanee (Tennessee, Estados Unidos) y principal autora del estudio.

Cuando sólo nos ocupamos de nosotros, no constatamos ninguna mejora de las emociones.
"Me esperaba unos resultados que mostraran que los comportamientos prosociales llevan a la gente a sentir más emociones positivas y, por tanto, a sentirse más realizados", añade. "Sin embargo, me sorprendió ver que cuando sólo nos ocupamos de nosotros, no constatamos ninguna mejora de las emociones positivas o negativas, ni plenitud psicológica. Me parece importante, porque a menudo se anima a la gente a‘darse pequeños caprichos para sentirse mejor, pero nuestros resultados sugieren que lo mejor que podemos hacer es complacer a alguien".

En el estudio participaron 473 voluntarios divididos en cuatro grupos, que tenían que cumplir diferentes tareas en un período de seis semanas. El primero tenía que hacer algo por mejorar el mundo, como por ejemplo, recoger basura. El segundo grupo debía mostrarse atento con otras personas: pagar un café a un amigo, ayudar a un familiar a preparar la cena, etcétera. El tercero tenía que darse un capricho, por ejemplo, cogiéndose un día de vacaciones. El cuarto y último servía de testigo y no cambió nada de su día a día.

Los participantes rellenaron un cuestionario antes y después del estudio para evaluar su nivel de bienestar psicológico, afectivo y social. A lo largo del estudio, también anotaron sus propias emociones positivas y negativas.

Los participantes que habían sido más atentos, ya fuera con alguien en concreto o con el mundo en general, notaron una mejora en su ánimo.
Los investigadores revelaron que los participantes que habían sido más atentos, ya fuera con alguien en concreto o con el mundo en general, notaron una mejora en su ánimo en una mayor proporción que los que habían tenido un comportamiento neutro o centrado en sí mismos.

Por otro lado, las personas que sólo tenían que preocuparse de sí mismas no notaron mejora en su bienestar ni ninguna emoción positiva.

"Hacer algo por los demás permite sentir más emociones positivas, como alegría, satisfacción y amor", indica la doctora Nelson. "La gente, al mostrarse atenta con los demás, suele sentirse mejor mentalmente. Por eso cultivamos las relaciones sociales o nos sentimos valorados cuando realizamos una buena acción".

Varios estudios anteriores demostraron que las pequeñas atenciones pueden contribuir no sólo a nuestra salud mental, sino también a nuestro bienestar físico. Algunos apuntan que una actitud altruista puede reducir la tensión arterial y el nivel de estrés.

El doctor Dacher Keltner, profesor de Psicología de la Universidad de California en Berkeley, que no participaba en este nuevo estudio, explica que estos gestos atentos activan la secreción de dopamina (un neurotransmisor que provoca euforia) en el cerebro, dándonos así la impresión de contribuir al bienestar general.

"Este estudio es realmente importante", concluye el doctor Keltner, autor de The Power Paradox: How We Gain and Lose Influence [La paradoja del poder: cómo ganamos y perdemos influencia], "pues se añade a los que indican que el hecho de concentrarse en el bienestar de los demás mejora nuestro propio estado, al contrario del mito que dice que para llevar una buena vida es necesario centrarse en uno mismo".

Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido por Marina Velasco Serrano.

 

Artículo publicado en Huffington Post  |  Escrito por Jacqueline Howard |  25 mayo 2016 |  http://www.huffingtonpost.es/2016/05/20/ser-mas-feliz_n_9870208.html?utm_hp_ref=es-ciencia-y-tecnologia

Cuando crees haber hallado la respuesta a una de las grandes preguntas, viene alguien y lo pone todo patas arriba. Y esto, que a priori podría parecer una mala noticia, puede que te lleve a ser más feliz.
Pero permítanme que, para que ustedes me entiendan mejor, como en tantas otras ocasiones, les cuente una historia.

DE MAYOR QUIERO SER FELIZ

Fue en una de éstas que yo, habiendo creído encontrar el sentido de mi vida, de mis actos pasados y de mis deseos futuros, le espeté con total convicción a una persona muy cercana: me gustaría llegar a ser un tipo sabio, a poder ser, un filósofo de la ciencia. Soy consciente de que esto les puede sonar un tanto extraño, pero no me juzguen, al fin y al cabo, tal vez así seamos todos: únicos y un tanto extraños. En mi caso, la convicción se basaba en un sucesión de cosas: una intuición (desde pequeño me interesé por las preguntas que el profesor raramente respondía), en la experimentación (científica y no científica) y en los años de estudio y reflexión (lectura, escritura y discusión con personas diversas). Así sucedió que, pocos días después de mi supuesta 'revelación', en un ataque de terrible y desdeñable vehemencia, se me ocurrió preguntarle a mi sobrino de doce años lo que él quería ser de mayor. La respuesta fue escueta, pero reveladora: yo de mayor quiero ser feliz.

"De mayor quiero ser feliz" Jan, 12 años.
¡Toma ya, cuánta sabiduría en tan pocas palabras! Porque, para ser sinceros, el conocimiento, el pensamiento, la ciencia, el arte o la introspección, son elementos que pueden resultar enriquecedores pero, ¿qué valor tiene todo esto comparado con ser feliz? 
Y entonces me acordé otra vez de Oliver Sacks, ese inmenso científico y escritor, que nos dejó una de las más bellas cartas de despedida, poco antes de morir. En ella Sacks contaba: "el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito".

Pues bien, las palabras de Oliver Sacks parece que coinciden con lo que nos dicen algunos estudios científicos: la felicidad no consiste en acumular cosas, sino más bien experiencias. Y esto coincide también, con los que les explicaba en otro artículo: muchas personas a punto de morir de lo que se arrepienten es no haber intentado ser más felices, de no haber dedicado más tiempo a lo que les gustaba, de no haber perseguido más sus sueños. Parece que Sacks sí persiguió los suyos y estaba agradecido a la vida. Precisamente, estudios recientes sugieren que las personas que son agradecidas, son también más felices.
Lo que yo me cuestiono aquí es: ¿puede la ciencia realmente decirnos dónde se encuentran las claves de la felicidad?

"He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito"


LA CIENCIA DE LA FELICIDAD

Aunque existen un buen número de artículos científicos, periodísticos y de libros al respecto, para serles sincero, creo que las informaciones que nos llegan de la ciencia acerca de las fuentes y las formas de la felicidad podrían ser, cuanto menos, discutibles. Muchas veces, incluso aparentemente contradictorias. Por ejemplo, mientras algunos estudios nos dicen que el sexo nos hace más felices, otros que tener demasiado sexo en pareja nos provoca, en realidad, desdicha. Pese a todo, no pocos científicos se aventuran a tratar de hallar el secreto de la felicidad, algunos incluso a escribir una fórmula matemática para cuantificarla. Sin embargo, para dar cierto valor a todos estos trabajos, probablemente lo primero que habría que hacer es definir lo que es la felicidad, cuestión que incluso para la ciencia, puede resultar un tanto difícil.

Por consiguiente, no voy a ser yo el que trate hoy de explicarles hoy todo lo que la ciencia nos puede decir sobre la felicidad, como les contaba antes, eso ya lo han intentado otros. Mi objetivo es distinto, es tratar de ver qué tienen en común la felicidad y esa pregunta que les comentaba antes: ¿Qué quieres ser de mayor?

Y para ello, necesito primero entender mejor dónde y cuándo reside la felicidad: ¿en el presente, en el pasado o en el futuro?

CUÁNDO Y DÓNDE RESIDE LA FELICIDAD

Por supuesto, muchos de ustedes pensarán que la felicidad solo puede ser cosa del presente: vivimos y disfrutamos el momento, carpe diem. ¿Pero es esto de verdad así? ¿A quién no se le ha escapado una sonrisa al recordar uno de los buenos momentos pasados? ¿Y quién no se ha sentido feliz alguna vez al imaginarse ciertos acontecimientos futuros?

Según el premio Nobel Daniel Kahneman, conviven en nosotros varios 'yo', cada uno de ellos feliz a su manera. Kahneman los denomina el 'yo de ahora' y el 'yo que tiene experiencias'. Mientras el primero siente felicidad por las cosas que disfruta en el momento, el 'yo que tiene experiencias' lo que busca es vivir cosas que, aunque no le apetezcan especialmente en ese momento concreto, sabe que le van a reportar recuerdos que podrá recordar felizmente, en el futuro. O sea que, una posible interpretación sería: la felicidad vive, a la vez, en el pasado, en el presente y en el futuro.

Y esta conclusión puede darnos una posible respuesta a la pregunta a la que estoy dando vueltas desde el principio de este artículo: ¿qué quieres ser de mayor?

 

Cada uno lo podrá interpretar como quiera, para mí la respuesta de un chico de doce años podría dar en el clavo: de mayor quiero ser feliz. Y me atrevo a aventurar que ésa es la respuesta que solo puede dar alguien que conoce la felicidad, alguien que la ha sentido en el pasado. Pero más aún, es la respuesta inteligente de alguien que es consciente de que la felicidad del ahora, puede ser también la del futuro.

CONCLUSIONES SOBRE ESO QUE LLAMAMOS FELICIDAD

Tal vez la ciencia nos vaya ayudando a entender, cada vez mejor, qué es la felicidad y en que momento reside. Pero, en cualquier caso, asumiendo que existe el libre albedrío, seguirá dependiendo de nosotros el intentar buscarla.

Cada uno puede y, tal vez incluso debe, tener sus propios sueños. Ignoro cuáles son los suyos. Como les contaba antes, el mío es ser llegar a ser algún día un poco sabio, ojalá, un filósofo de la ciencia. El ejemplo de un chico de doce años llamado Jan me lleva a pensar que hay sabios de la felicidad que no necesitan conocer la ciencia que se esconde tras ella. Y las palabras de un anciano Oliver Sacks me llevan a pensar que el estar agradecido a la vida, cuando estamos a punto de abandonarla, puede ser un claro síntoma de una vida plena, feliz.

Por todo esto, gracias a la sabiduría de un chico y de un abuelo, ahora entiendo un poco mejor lo que de verdad quiero llegar a ser en el futuro. Yo de mayor también quiero ser feliz.

Nota: dedico este artículo a todos mis sobrinos pero, muy especialmente, a Aniol. Porque, aunque ya no esté entre nosotros, le llevo siempre conmigo. Y porque gracias a él, ahora soy una persona mucho más valiente.

Gracias también, un vez más, a Aleix Ruiz-Falqués por las correcciones y comentarios.

Artículo escrito por Guillermo Orts-Gil |  | 27 agosto 2015 | http://www.abc.es/ciencia/20150827/abci-neuroticismo-creatividad-personalidad-201508271754.html

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